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A CATALINA, CON AMOR de FREDY GAMBETTA PDF Stampa E-mail
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Sabato 30 Maggio 2009 19:30
Catalina, aparentemente, esta es la última crónica que te escribo para registrar lo que te cuento, durante la semana. Te hago un guiño. Tú, de tanto acompañarme, me conoces mejor que nadie y sabes que te seguiré haciendo motivo de mis confidencias, de mis disquisiciones, de mis dudas y mis esperanzas. Tú me escuchas, callada, a mis pies, en la alfombra verde de mi biblioteca. A veces te oigo suspirar. Entonces tengo la certeza de que tienes un espíritu que vive contigo. Si es verdad lo que piensan algunas castas hindúes, ¿serás tal vez una princesa reencarnada? Todo cabe en lo posible, en esas dimensiones del arcano que nosotros – ¡oh, pobres mortales! – desconocemos.
Como sabes el 26 de mayo fui, como todos los años, a las arenas del Campo de la Alianza a honrar a nuestros héroes caídos en aquella cruenta batalla que significó el inicio del largo cautiverio de nuestra ciudad, en poder de Chile, en 1880. Esas son heridas que no cicatrizan.

Esta vez nos llamó la atención no ver, en esa ceremonia, a ninguna delegación de autoridades, militares o pueblo bolivianos. Nunca antes había sucedido eso. Vimos y escuchamos, aquella mañana, cantar el himno nacional de Bolivia a su Cónsul. Era la única voz que se oía. Fue patético.

¿ Qué había pasado? Simplemente que, como todos sabemos, las relaciones de nuestros gobiernos, el peruano y el boliviano, no atraviesan por un buen momento. Pero, en todo caso, son asuntos coyunturales, pasajeros. Más allá de todo, por sobre todo, está honrar a los caídos, a los que dieron su sangre víctimas, precisamente, entre cosas, de las diferencias y las ambiciones de los políticos, hace más de un siglo. La lección no se aprende y los bolivianos – ¡qué pena!- nos hicieron ver que primero están las diferencias circunstanciales que la voluntad de unión alrededor de lo más preciado que tienen los pueblos, su historia. Si creyeron las autoridades que hoy gobiernan Bolivia que con ello nos hicieron un desaire, se equivocaron. Peruanos no solamente son quienes nos gobiernan. Peruanos somos todos. Ellos, los bolivianos, han desairado, en primer lugar, a sus propios antepasados entre los cuales, sin duda, había gente noble que creía en la hermandad de los pueblos, en la unión antes que en la desunión. En fin, el tiempo se encargará de juzgar estas actitudes torpes e innobles. Una vez más, comprobamos con tristeza que tenemos vecinos pero difícilmente, como están las cosas, hermanos.

Ahora recuerdo mis años de escolar, en la Gran Unidad Coronel Bolognesi. Entonces no se había construido el monumento a los héroes del Campo de la Alianza. Existía una cripta, en la cima del cerro Intiorko, que se divisaba desde la ciudad. Esa cripta fue construida por los chilenos, durante la ocupación. Varios años después, a ese modesto conjunto arquitectónico, se le agregó la imagen de  Cristo.

Hasta la cripta subíamos todos los años, a campo traviesa, como se dice en el argot militar, los alumnos de la Unidad Bolognesi. Muy temprano nos convocaban en el patio de honor del plantel y desde allí partíamos. Lideraba a la muchachada el sub oficial de instrucción pre militar. Durante los años que subí al cerro, el instructor fue mi recordado  Eberth Barreto Fernández.
De nuestro plantel, hasta el cerro, nos separaba una inmensa pampa de tierra suelta. La única construcción que se mantenía en pie, y que divisábamos desde lejos, y que nos parecían los restos de una vieja fortaleza, era el Lazareto.

El  Lazareto estaba ubicado donde se ha construido la plaza del pueblo joven o centro poblado, como hoy se dice, Leoncio Prado. Era un edificio de quincha, con piso de madera, que fue edificado para albergar a los enfermos desahuciados de la epidemia de fiebre amarilla que asoló a Tacna, en 1868. De allí, por las noches, a través de la pampa, los muertos eran conducidos, en carretas, para ser enterrados en el cementerio que se construyó en las faldas del cerro Intiorko. Sobre el espacio que ocupaba aquel campo santo, improvisado, se han construido viviendas. Ese espacio los tacneños lo conocen como “la salida a Tarata”, la otra provincia de Tacna.

Por muchos años el vulgo se refería a aquel cementerio, que estaba solamente cercado, por cuatro largas paredes de adobe, como el “cementerio chino”. Decían así porque creían que la fiebre amarilla había atacado a los chinos. Falso. En Tacna no vivían chinos. Los cadáveres eran de tacneños y extranjeros, de toda condición social, que murieron victimas de aquella epidemia que, según anota el cura Sebastián Ramón Sors, en un opúsculo, que he leído, constituía la tercera parte de la población. Es decir, unas tres mil personas.

Es bueno que haga un alto para recordar, aunque sea de pasada, al cura Sors, un excelente sacerdote español que construyó el hospital San Ramón y el Cementerio, fue profesor de escuelas y un hombre que se entregó, día y noche, a la atención de los enfermos aquejados por esa terrible epidemia que duró tres meses y que se fue como había venido. Hoy  la gripe H1 N1, mal llamada “gripe porcina”, es un simple estornudo si se le compara con la epidemia a la que acabo de hacer mención.

En nuestra irresponsabilidad de adolescentes recuerdo que, cuando nos pedían en el curso de Ciencias de la Naturaleza, Anatomía e Higiene, traer huesos humanos, no tuvimos mejor idea que organizar caravanas nocturnas y dirigirnos a ese fantasmal cementerio a buscarlos. Participé de aquella horda de mozalbetes, entre los que “Chiqui” Chiarella era uno de los capitanes, para exhumar más de un esqueleto que yacía a flor de tierra, como se dice.

Me desvié del tema, Catalina. Pero es que siempre me sucede aquello de que te cuento algo y, cuando menos lo espero, ya estoy al fin de la cuartilla. Buscaré otra ocasión para terminar este relato. Adiós.

 

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