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RUMOR DEL CAPLINA - A PROPÓSITO DE CARTAS Y ESTAMPILLAS PDF Stampa E-mail
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Venerdì 10 Luglio 2009 17:41
Tacna foto tratta da http://www.alltravelperu.com/Desde el año 1994 nuestra Tacna cuenta con un Museo Postal Filatélico, instalado en el edificio de correos, en la esquina que forman la avenida Bolognesi y la calle Billinghurts. Allí se muestran fotografías de los primeros empelados que empezaron a trabajar en 1929, producida la entrega de Tacna al Perú; una galería de presidentes de la Asociación Filatélica; antiguos buzones en los que los tacneños depositaban sus cartas; equipos de transmisión de telegramas; matasellos; uniformes de los carteros, algunos muebles antiguos y, por supuesto, sellos postales. En realidad el espacio es pequeño. Me dicen que, gracias a la actual administración de lo que hoy es SERPOST, se habilitará algún ambiente contiguo destinado al museo. Enhorabuena.
La actual junta directiva de la Asociación Filatélica la preside el sacerdote Ernesto Rossi Bernardi, conocido por sus aportes a la cultura local y autor de más de un opúsculo sobre costumbres de la zona alto andina donde ha servido como siervo de Dios. Entre otros lo acompañan en su gestión los señores Orlando Podestá y Angel Valdez. Don Angel Valdez, que de chico escuchaba a las señoras tacneñas que se referían a él como “el joven Valdez”, es un caballero alto, serio, de palabra, como eran, y todavía algunos  son, los tacneños de antaño. Don Angel es  cristiano católico ferviente lo que no le impide, como un símbolo de la tolerancia de los hijos del Caplina, ser hermano masón y colaborar activamente en la Benemérita Sociedad de Artesanos y Auxilios Mutuos el Porvenir y otras instituciones.

El mundo de la filatelia es apasionante para quienes ingresan a él. Los filatélicos son prolijos, tienen ojo zahorí para distinguir los bordes, los dientes, los colores, la textura de la estampilla que les interesa.  Y no cejan hasta encontrar una que sea difícil de adquirir.  Los filatélicos cuidan los álbumes como si se tratara de la niña de sus ojos. Unos se especializan en países, hechos históricos y culturales, homenajes, aniversarios, animales,  deportes, la flora,  la minería,  presidentes, y un largo etcétera. La temática es variadísima. Uno de los más notables filatélicos que conocí, en mi infancia, fue don Guillermo Sañudo, un ilustre tacneño cuya hija, Rubi, fue una de las mujeres más bellas de la ciudad. Hace mucho que no veo a Rubi. Me agradaba encontrarme con ella. Era tan fresca, alegre, le brillaba la mirada. Siempre muy bien ataviada, vestida de acuerdo a la temporada y adornada con pendientes y collares. Conservaba en los ojos la luz de la juventud. Había en ella una joven que se proyectaba en su sonrisa. ¿ Qué será de Rubi Sañudo?

Hoy, con los medios modernos de comunicación, básicamente con el imperio del internet, no se escriben cartas. Para siempre se fue aquella emoción que provocaba encontrar, debajo de la puerta, un sobre y, más aún, si era una carta de amor. Recuerdo haber recibido cartas que me escribían algunas enamoradas en papel rosado y con la huella de un beso o de una lágrima. En esos años, que se fueron veloces, los jóvenes poetas de entonces, que ya no somos los mismos, enviábamos nuestras poesías, plaquetas o poemarios a las revistas extranjeras y después, al poco tiempo, nos llegaba un sobre con la publicación y nuestras creaciones que habían cruzado los siete mares. “ Qué profunda emoción, recordar el ayer!”, como dice en una de sus canciones el grande Charles Aznavour.

Gracias a la correspondencia epistolar hemos podido reunir un valioso archivo con la firma de escritores, amigos lejanos, novias que se fueron “diciendo eternidades”. Hoy se ha perdido todo aquello por causa de la modernidad que todo lo hace más rápido, más ágil, sin duda, pero menos romántico, más impersonal. ¡ Oh tempora, oh mores!  El hecho mismo de escribir una carta, escoger el papel, de acuerdo al destinatario o la destinataria, el sobre, pegar  la estampilla, ir al correo, saludar a las gentiles, o no siempre muy gentiles, damas que atendían y echar la carta en el buzón, era toda una ceremonia. Algo similar pasaba al redactar un telegrama que debía ser lo más breve para evitar el pago excesivo. Esperar una carta era también casi un acto de fe. De fe en que llegaría. “Son tus cartas mi esperanza, mis temores mi alegría y aunque sean tonterías, escríbeme, escríbeme”. “Me hacen más falta tus cartas, que la misma vida mía”, decía la letra de un bolero que cantaba el argentino Roberto Yanés.

Me veo  niño, una tarde de verano, parado detrás del balcón de mi casa, frente a la recova, esperando una carta de mi madre. A veces, en esas tensas esperas, me ilusionaba ver volar  una frágil  libélula, pues decían que anunciaba la inminente llegada de noticias.  Los carteros eran unos personajes muy queridos. Juan Gonzalo Rose, en un bello poema, dice que le hubiese gustado ser cartero de los pobres para que ellos bendijeran sus zapatos. Recuerdo a un cartero tacneño de apellido Urdanivia. A algunos carteros de tanto cargar la bolsa con la correspondencia, se les fue desnivelando un hombro. Debido a ello más de uno se hizo merecedor del cruel apodo  “lomo chueco”. Entre los administradores de la Oficina de Correos y Telégrafos de Tacna se recordó por muchos años a un tacneño que ascendió desde los menores escalones y que, justamente por ello, en las casas nos lo ponían de ejemplo. Este buen hombre era gordo, con bigotitos, creo que usaba tirantes. Se llamaba Artidoro Lanchipa y vivía en el popular barrio Alto Lima. Su esposa, doña Bertha, era tan buena como él. Esa familia tuvo un fin trágico. La mayoría fue muriendo casi de manera continua. Queda la casa de los Lanchipa, en el viejo barrio, totalmente desfigurada. Son los años, los pícaros e inexorables años.
FREDY GAMBETTA
 

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