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La processión de la bandera de 1901 PDF Stampa E-mail
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Lunedì 20 Luglio 2015 00:00
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La processión de la bandera de 1901
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Nota: El relato que sigue es un fragmento de EL ARDIENTE SILENCIO, primera novela histórica de Tacna, ambientada entre los años 1899 a 1911. Registra, con fidelidad, los episodios ocurridos con ocasión de la frustrada celebración de las Fiestas Patrias, el 28 de Julio de 1901, que originaran una de las magnas manifestaciones ciudadanas tacneñas que se conoce hoy como LA PROCESIÓN DE LA BANDERA.

..., Días después, en el mes de julio, en el invierno de 1901, se encontraron casualmente Federico Barreto y Gerardo Vargas, que acababa de arribar de Arica, llamado, como siempre, por el amor. Conversaban en la plaza Colón.
- Federico, ¿qué preparativos para el 28? Ya se acerca, estamos a pocos días.
- Como todos los años, hemos tenido que ir a verle la cara al Intendente para solicitar permiso. En esta oportunidad se ha negado a concedernos ninguna licencia para las celebraciones públicas.
- ¿No me digas? O sea que lo de la dureza de la chilenización va en serio. Nos obligarán a redoblar nuestro ingenio para festejar a la patria.
- Así es, Gerardo. La Sociedad de Artesanos ha mandado confeccionar un pabellón de seda, con bordados de oro. Ese pabellón lo pasearemos por las calles.
- ¿Pero, cómo? ¿No dices que han prohibido las manifestaciones?
- Si, hombre, claro, han prohibido manifestaciones, bullicio, expresiones de júbilo. Lo que hemos planeado será diferente. Será una procesión de la bandera.- dijo Barreto.
- No salgo de mi asombro - dijo sorprendido Gerardo- Dame más detalles, explícame como es eso de la procesión de la bandera.
- Calma, calma amigo. Te explico. Una vez que los artesanos tuvieron confeccionado el pabellón, del que te hablé, nombraron una comisión formada por Miguel Gonzáles sardón, Amadeo Céspedes, Manuel Mena, Pablo Silva, Julio Gómez, que tú los conoces y sabes de su patriotismo y valentía. Esa comisión se entrevistó con el Intendente interino Salvador Vergara, solicitándole permiso para realizar un programa público por el aniversario patrio que tuviera como acto central la bendición del pabellón.
- ¿Qué les contestó el Intendente?
- Les dijo que de ninguna manera iba a permitir manifestaciones públicas, ni ceremonias, menos banderas peruanas en las calles porque, además de estar prohibido exhibir banderas desde 1898, causaban malestar a los chilenos. Cuando todo parecía perdido los comisionados acordaron regresar al despacho, al día siguiente, con una propuesta novedosa.
El periodista ariqueño miraba atentamente a Barreto ansioso, esperando el desenlace de tan importante episodio.
- Al insistir los comisionados, Vergara les dijo que llevaran el pabellón en una caja, hasta la iglesia San Ramón y que en la misma forma volvieran con él al local de la Sociedad. Así se ahorrarán un conflicto, les dijo. Parecía todo perdido. Insistió la comisión alegando que en Tacna las colectividades extranjeras enarbolaban sus banderas y que no era justo que los peruanos, que estaban en su suelo, se viesen prohibidos de ese derecho. De pronto, sucedió algo extraordinario, Gerardo, algo increíble. El General Vergara cambió el tono de su voz para decirles a los tacneños que les concedía el permiso solicitado con la condición, bajo responsabilidad personal, que al conducir la bandera por las calles los peruanos no hicieran ninguna manifestación de carácter patriótico. Exigía, de una manera concreta, que no hubiera exclamaciones, ni vivas, ni gritos que significaran una provocación para los chilenos.
- Me contó Julio Gómez - continuó Barreto- que ellos, en un primer momento se desconcertaron pero que, de común acuerdo, asintieron y ofrecieron al Intendente que no se escucharía ni un grito en las calles.
- Qué bien, hombre. Excelente - dijo Vargas. Pero cómo lograrán que la gente no se exprese. Se trata de la fiesta de la patria.
- Tú Gerardo conoces el civismo y la educación de los tacneños. Mañana, a primera hora, aparecerá en LA VOZ DEL SUR un llamamiento, en primera página, para que la población cumpla con la palabra empeñada por los comisionados en la Intendencia. Un viva el Perú o un muera Chile pueden ocasionar una tragedia. Ese día, lo sabemos, la policía de seguridad y los miliquitos del Rancagua y del Atacama estarán apostados a lo largo del recorrido de la procesión. Llevaremos nuestros vivas en el corazón. Cada mirada a la bandera será una promesa, una renovación de nuestros votos peruanos. No pasará nada, te lo aseguro Gerardo.
El 28 de Julio de 1901 amaneció frío, nublado. Las plantas y las flores, coronadas de rocío, eran el recuerdo de la garúa del amanecer. En el mercado, desde las primeras horas de la mañana, las amas de casa habían acudido a hacer sus compras para estar pronto desocupadas. Las recoveras anunciaron que tendrían abiertos sus puestos solamente hasta las nueve de la mañana. Nadie quería estar ausente en la procesión de la bandera. Las familias lucían sus más vistosos vestidos. Ellas con las galas domingueras. Los caballeros vestían ternos oscuros y los niños de blanco, con cintas bicolores, rojas y blancas, cruzándoles el pecho.
El pabellón peruano, trasladado por las angostas y empedradas calles, para evitar a los curiosos, antes de su bendición, se lucía delante del altar mayor de la iglesia San Ramón. Allí era la cita del pueblo. Las naves del templo, a las diez de la mañana, hora indicada para el inicio de la ceremonia religiosa, estaban colmadas de tacneños y de algunos ariqueños que habían llegado en el primer tren. El templo se hizo pequeño para albergar a los patriotas que habían dejado desierta la ciudad y las chacras del valle. Cuando se inició el acto religioso el público repletaba no solamente el atrio sino también las calles aledañas.
En el altar ofició el vicario de la parroquia, Alejandro Manrique, acompañado de dos diáconos. Al concluir la ceremonia el sacerdote Manrique bendijo el pabellón que lo sostenían los directivos de la Sociedad de Artesanos. Los sacerdotes cantaron el Te Deum.
- Queridos hermanos - dijo el Padre Manrique, desde el púlpito - habéis venido a la casa de Dios trayendo en vuestras manos lo más sagrado para el hombre, después de la bendita hostia, que representa el cuerpo sagrado de Cristo. Habéis traído la bandera nacional, la sagrada bandera que representa el cuerpo de la patria amada. Así como nuestro Señor se inmoló en la cruz, así nuestros héroes, en los campos de Tarapacá, San Francisco, Tacna, Arica, San Juan y Miraflores, en el mar y en la sierra, donde quiera que sintieron el llamado del deber, se inmolaron teniendo como mortaja el pendón rojo y blanco que simboliza a la raza, a la patria peruana inmortal.
- Hoy, queridos hermanos, las provincias de Tacna y Arica, a pesar de haber entregado a sus hijos en los campos de batalla; pese a que se encuentran bajo la oprobiosa presencia de un invasor, que pactó someterlas a un plebiscito, en un plazo de diez años, plazo que no cumple, hasta el día de hoy, que vivimos en un nuevo siglo, no pierden la esperanza de retornar al seno de la patria, al Perú.
- Queridos hermanos - dijo el sacerdote - hoy la patria recuerda el 80 aniversario de su independencia. Mas, en el Perú no hay alegría. No puede haber alegría mientras dos queridas hijas, dos predilectas hijas, se encuentran bajo la bota opresora del triunfador de ayer que se niega a cumplir con su palabra, avalada en un tratado en el que nuestro gobierno y nuestro pueblo creyeron, como también creyeron los países civilizados del mundo y en especial nuestros hermanos de América. 
- Tacneño y ariqueños, la bandera que acabo de bendecir guiará vuestros esfuerzos, vuestros sueños y esperanzas. Ella será el norte de vuestros sacrificios. Ella nos señalará el camino del honor, de la dignidad, nos obligará a estar siempre alertas. Tenemos en las venas sangre de los incas, fundadores de un imperio. Esa sangre indómita nos hará triunfar. Pronto ya no veremos una bandera extranjera flameando al viento puro del Perú. Muy pronto, el cuerpo de Tacna y Arica se unirá al sagrado cuerpo de la patria peruana.
Al finalizar las palabras del Párroco los fieles se arrodillaron y se santiguaron, en señal de despedida. Abandonaron el templo en orden y en silencio. Cada uno tomó su lugar en el atrio del templo.
- ¡ Qué acto tan solemne! Nunca he visto nada igual en Tacna ni en Arica - dijo Pablo Rejas a Federico Barreto, en voz baja, casi al oído del poeta-. ¿Cuánta gente calcula usted, Federico?
- Han venido más de diez mil personas - contestó el vate. - Vivimos momentos que no se nos borrarán de la mente hasta el final de nuestros días.
La muchedumbre esperaba, pacientemente. De pronto, cuando ya nadie quedaba en el templo, apareció en el templo la bandera roja y blanca del Perú. Hubo entonces una reacción, una sola. El gentío se arrodilló como si estuvieran ante la presencia de Dios. Ni una palabra, ni un grito destemplado, ni un viva. Lágrimas solamente, miradas al cielo, hondos suspiros. La multitud estuvo hincada algunos minutos que parecieron siglos.
Después de esos momentos sublimes, los directivos de la Sociedad de Artesanos se colocaron junto a la bandera, acompañando al abanderado. Los antecedían filas de niños, vestidos de blanco, con cintas rojas. El pueblo marchaba en silencio.
La procesión recorrió las calles céntricas hasta llegar al local de la Sociedad de Artesanos en el que, en una urna, depositaron la enseña que había recibido la caricia de los pétalos de flores y el beso de más de un sobreviviente de las batallas de Arica y del Campo de la Alianza.
Durante el recorrido, como se había pactado con el Intendente, no se escucharon vivas, ni siquiera voces, solamente, de vez en cuando, murmullos que podían ser el eco de alguna oración.
En las casas de la ciudad, y en las chacras, no hubo celebraciones aquel día. Solamente recuerdos, plegarias y el relato que los viejos contaban a los más jóvenes para mantener en ellos vivo el amor al Perú.


 

Nota: Il racconto seguente è un frammento di: "L'Ardente Silenzio", primo romanzo storico di Tacna ambientato negli anni dal 1899 al 1911. Registra con fedeltà l'episodio occorso nella frustrante celebrazione della Festa Nazionale, il 28 luglio 1901, che dette origine ad una delle più grandi manifestazioni fatte dai cittadini di Tacna e che è conosciuta come "La processione della bandiera"

..., nel mese di giugno, nell'inverno del 1901,si incontrarono casualmente Federico Barreto (il grande poeta che descrisse la tragedia dell'invasione cilena) e Gerardo Vargas che erano appena giunti ad Arica, chiamati come sempre dall'amor patrio.
Conversavano in piazza Colon...
Federico cosa preparate per il 28. Mancano pochi giorni ora, in proposito?
Come tutti gli anni abbiamo ottenuto di andare direttamente dall'Intendente per sollecitare un permesso. In questo incontro, non ci hanno concesso nessun permesso per le celebrazioni pubbliche.
Non mi dire? Sapevo dell'asprezza della "cilizzazione", fa sul serio. Ci obbligano a raddoppiare l'ingegno per festeggiare la Patria!
E' Così, Gerardo. La Società degli Artigiani ha commissionato una grande bandiera di seta, con bordature d'oro. Questo bandierone lo porteremo per le vie 
Come Farete ? Non hai detto che hanno proibito la manifestazione?
Certamente! è chiaro che hanno proibito manifestazioni, schiamazzi, espressioni di giubilo. Quello che abbiamo escogitato sarà diverso. Sarà una processione della bandiera -disse Barreto. Mi sorprendi disse Gerardo. Dammi più dettagli, spiegami come sarà questa cosa della processione della bandiera.
Calma , calma amico . Ti spiego . Una volta che gli Artigiani avranno terminato il telone che ti ho detto, nomineremo una commissione formata da Miguel Gonzales, Amadeo Céspedes, Manuel Mena, Pablo Silva, Julio Gómez, che tu conosci per la loro integrità patriottica. Questa commissione si incontrerà con l'Intendente ad interim 
Salvador Vergara, sollecitando il permesso per realizzare pubblicamente una manifestazione, per l'anniversario dell'indipendenza che avrà come momento centrale la benedizione del bandierone.
Cosa rispose l'Intendente?
Disse che per nessuna ragione avrebbe permesso la manifestazione pubblica, ne la cerimonia, meno ancora bandiere peruviane nelle vie, perché, oltretutto esibire le bandiere è proibito fin dal 1898 e causano malumori nei cileni. Quando sembrava tutto perduto la commissione si accordò per ritornare per un negoziato il giorno seguente con una nuova proposta.
Il gionalista ariqueño guardava attentamente Barreto, ansioso nella speranza di capire la soluzione dell'episodio così importante.
All'insistenza della commissione, Vargara disse loro che mettessero il telone in una cassa fino alla chiesa di S.Ramon e che nella medesima forma tornassero nei locali dell'Associazione. Aggiunse che in quel modo si evitava un conflitto. Sembrava tutto perduto. La commissione insiste spiegando che a Tacna la collettività straniera inalberava le loro bandiere e che non era giusto che ai peruviani che stavano sulla propria terra fosse proibito questo diritto. 
Immediatamente successe qualcosa di straordinario, Gerardo, qualcosa di incredibile; il Generale Vergara cambiò il tono della sua voce per dire ai tacnesi che: concedeva il permesso richiesto alla condizione, sotto la loro responsabilità personale, che nel portare la bandiera per le vie, i peruviani non avrebbero fatto nessuna manifestazione a carattere patriottico. Esigeva, in maniera concreta che non vi fossero esclamazioni, ne evviva , ne gridi che significassero una provocazione verso i cileni.
Mi raccontò Julio Gomez - continuò Barreto- che loro, in un primo momento furono sconcertati, però che di comune accordo accettarono e assicurarono l'Intendente che non si sarebbe ascoltato nessun grido per le vie.
Che brav'uomo..., Eccellente - disse Vargas- Però non era la stessa opinione della gente...Si tratta della festa della Patria, Gerardo, tu conosci la civiltà e l'educazione degli abitanti di Tacna. 
Alle prime ore del mattino, apparirà nella Voce del Sud un appello, in prima pagina, perchè la popolazione comprenda l'impegno della parola data dai commissari all'Intendenza. Un viva Perù o un morte al Cile poteva poteva provocare una tragedia. In quel giorno, lo sappiamo, la polizia di sicurezza e i militari del Rancagua e Atacama saranno appostati ai lati del percorso della processione. Lanciamo i nostri evviva dentro al cuore. Ogni occhiata alla bandiera sarà una promessa, un rinnovamento dei nostri voti peruviani, non succederà nulla te lo assicuro Gerardo.
Il 28 giugno del 1901 all'alba, fa freddo e il cielo è nuvoloso. Le piante ed i fiori sono coperti di rugiada e da una sottile pioggerellina mattutina.
Nel mercato già alle prime ore del mattino le donne di casa avevano provveduto a fare la spesa per esser pronte. I commercianti annunciarono che avrebbero tenuto aperto fino alle nove. Nessuno voleva mancare alla processione della bandiera. Le famiglie, nei loro splendenti e vistosi vestiti, le donne con gli abiti lussuosi della domenica. Gli uomini vestivano completamente di scuro ed i bambini di bianco con le cinture bicolori rosse e bianche incrociate nel petto.
La grande bandiera peruviana, trasferita per le anguste vie lastricate, per evitare i curiosi prima della benedizione, splende di fronte all'altare maggiore della chiesa di San Ramon. Lì c'era l'appuntamento con il popolo. La navata del tempio, alle dieci di mattina, ora indicata per l'inizio de la cerimonia religiosa, era stracolma di tacnesi e di alcuni abitanti di Ariqua arrivati con il primo treno. 
Il tempio risulta essere troppo piccolo per accogliere tutti i patrioti che avevano lasciato deserta la città e le fattorie della valle. Quando iniziò la funzione religiosa il pubblico riempiva non solamente l'atrio ma tutte le vie intorno . 
Sull'altare officiava il vicario de la parrocchia, Alejandro Manrique, accompagnato da due diaconi. A conclusione della cerimonia il sacerdote Manrique benedisse la bandiera sostenuta dai membri della Società degli Artigiani. I sacerdoti cantarono il Te- Deum...
Carissimi fratelli -disse padre Manrique, dal pulpito- siete venuti alla casa di Dio portando fra le vostre mani quello che avete di più sacro, dopo l'ostia benedetta che rappresenta il sacro corpo di Cristo, avete portato la bandiera nazionale, la sacra bandiera che rappresenta il corpo dell'amata patria. Così come nostro Signore si immolò sulla croce, così i nostri eroi nei campi di Tarapacà, San Francisco, Tacna, Arica, San Juan e Miraflores, sul mare e nei monti, ovunque, seguendo il sentiero dell'onore e del dovere, si immolarono avendo come lenzuolo mortuario un drappo rosso e bianco che simbolizza il Popolo e la Patria peruviana immortale .
Oggi, carissimi fratelli delle provincie di Tacna e Arica, con il pensiero di avere consegnato i suoi figli al campo di battaglia e malgrado l'ingloriosa presenza di un'invasore, che pattuì un plebiscito, da svolgersi entro dieci anni, patto che non è stato mantenuto, persino oggi che viviamo in un nuovo secolo non perdiamo la speranza di ritornare in seno alla patria, il Perù.
Carissimi figlioli
-proseguì il sacerdote- oggi la patria ricorda l'ottantesimo anniversario della sua indipendenza. Ma nel Perù non c'è allegria. Non può esserci allegria mentre due carissime figlie, due figlie predilette si trovano sotto i piedi oppressori del trionfatore di ieri, che non applica e nega le parole avallate da un trattato a cui il nostro governo e il nostro popolo hanno creduto, come ci hanno creduto i paesi civili del mondo e specialmente i nostri fratelli dell'America.
Tacnesi e Ariquesi, la bandiera che ho appena benedetto guiderà i vostri sforzi i vostri sogni e le speranze. Essa sarà il polo dei vostri sacrifici. Essa ci indicherà il cammino dell'onore, della dignità, ci obbligherà a stare sempre all'erta. Abbiamo nelle vene il sangue degli incas, fondatori di un impero. Questo sangue indomito ci farà trionfare.

Presto non vedremo una bandiera straniera fluttuare al vento puro del Perù, il corpo di Tacna e Arica si uniranno al sacro corpo della patria peruviana.
Al termine delle parole del parroco i fedeli si inginocchiarono e si fecero il segno della croce, in segno di saluto.
Questo atto, tanto solenne! Non ne ho visti uguali a Tacna e Arica- disse Pablo Rejas a Federico Barreto, e a voce bassa chiese al poeta: Quanta gente era presente -Federico?
Sono venute più di diecimila persone rispose il vate, viviamo momenti che non potremo cancellare dalla mente fino alla fine dei nostri giorni.
La folla attendeva pazientemente. Tutto era pronto, nessuno fiatava nel tempio, quando la bandiera rossa e bianca comparve fuori dal tempio la folla ebbe una reazione sola, si inginocchiò come se fossero alla presenza di Dio. Ne una parola, ne un grido di disturbo, ne un evviva. Lacrime solamente, guardando il cielo con profondi sospiri. La moltitudine rimase in silenzio alcuni minuti che sembrarono secoli. Successivamente a questo momento sublime, il direttorio della Società degli Artigiani si collocarono accanto alla bandiera accompagnando i portabandiera. La precedevano file di bambini vestiti di bianco con cinture rosse. La popolazione seguiva in silenzio. La processione ripercorse le vie principali per giungere nei locali della Società degli Artigiani. Lì, deposero in un'urna l'insegna che aveva ricevuto la carezza dei petali dei fiori e il bacio di più d'un sopravvissuto alle battaglie di Arica e del Campo dell'Alleanza. Durante il percorso come si era pattuito con l'Intendente, non si ascoltarono evviva, ne grida, solamente di tanto in tanto dei mormorii che erano l'eco delle preghiere. 
Nelle case della città e nelle fattorie non si ebbero celebrazioni quel giorno. Solamente ricordi, preghiere ed il racconto che i vecchi facevano ai più giovani per mantenere vivo in loro l'amore per il Perù.

da Fredy Gambetta (traduzione Pietro Liberati)

 

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